lunes, 10 de abril de 2017

Así murió José Antonio Echeverría

Por: Ciro Bianchi Ross • digital@juventudrebelde.cu
El escribidor dedicará la página de hoy a dar respuesta a solicitudes remitidas por los lectores. Dos o tres de ellas, estimuladas sin duda por el aniversario del asalto al Palacio Presidencial, se relacionan con José Antonio Echeverría, el presidente de la FEU caído en combate el 13 de marzo de 1957. Uno de los lectores, Pablo R. Suárez Corcho, de Alamar, quiere saber cómo se preservó la grabación del mensaje que el líder estudiantil, poco antes de su muerte, leyó ante los micrófonos de Radio Reloj. Mientras, Ildelisa Machado Conte, de Las Tunas, inquiere detalles sobre el sepelio del corajudo revolucionario. Lamentablemente, no tengo a la mano la respuesta para el pedido de Suárez Corcho. Nada dice al respecto la nota que calza la versión escrita de dicha alocución, que se incluye en el libro Papeles del Presidente; documentos y discursos de José Antonio Echeverría Bianchi, publicado por la Casa Editora Abril, en 2006, y no tengo en mi biblioteca la biografía de José Antonio escrita por el historiador cardenense Ernesto Aramís Álvarez Blanco, que es de lo más valioso entre lo publicado sobre el inolvidable joven. Creo recordar que la grabación, aparecida de manera casual, según se dijo, se dio a conocer el 13 de marzo de 1963 durante la celebración de un congreso mundial de arquitectos que tuvo lugar en Cuba. No quiere eso decir que la grabación apareciera ese día, sino que se aprovechó la fecha y la ocasión para darla a conocer. Tal vez CMQ grabara de manera automática sus programaciones o parte de ellas, para después analizarlas. Me dicen, y tampoco estoy seguro de eso, que la grabación, entre otras cintas, apareció en la casa de un personaje de la dictadura. Alguien la encontró, tal vez sin saber lo que buscaba o sabiéndolo. ¿Estaba vivo? Luego de la acción de Radio Reloj, el auto en que el Presidente de la FEU debía trasladarse a la Universidad, un Ford de dos colores con matrícula 37-222 y que conducía Carlos Figueredo, avanzó por la calle M y dobló a la derecha en Jovellar. Antes de llegar a L, un tranque impidió que el vehículo continuara su marcha, pero José Antonio y sus compañeros, a los gritos de «¡Revolución!» y disparando sus armas al aire, lograron que les abrieran paso. Cruzaron L al fin, buscando acceder a la casa de altos estudios por la entrada de la calle J, frente al hospital Calixto García, cuando se les aproximó una perseguidora que avanzaba por la senda contraria. De manera inexplicable e inesperada, Figueredo lanzó su auto contra el vehículo policial y disparó sobre él con su pistola. Respondió de inmediato el artillero de la perseguidora —Fernando Rodríguez de la Vega, alias el Papa— con una ráfaga que perforó de manera oblicua el parabrisas del Ford. Sus ocupantes resultaron ilesos, y el chofer de la perseguidora, de apellido Izquierdo, quedó herido. José Antonio, quien viajaba en el asiento delantero del Ford, salió del vehículo y con su pistola Star de ráfagas avanzó sobre la perseguidora. Entonces el artillero, acostado sobre el asiento trasero, le disparó a quemarropa y lo derribó. Tuvo el Presidente de la FEU fuerza y coraje suficientes para incorporarse. Había extraviado su Star en la caída y extrajo el revólver que momentos antes había incautado a un soldado en el elevador de Radio Reloj. Fue aquí que el gazero de la perseguidora, que es el vigilante que viaja junto al chofer en el asiento delantero —también de apellido Rodríguez—, le disparó con su pistola. José Antonio quedó tendido sobre el pavimento. Eran las 3:45 de la tarde. ¿Estaba vivo? Así lo aseguraba, entre otros testigos, el fotorreportero Tirso Martínez, que fue quien captó la imagen de José Antonio derribado en la calle. Una de las imágenes al menos, porque se conocen dos; en una, el dirigente yace sobre su costado derecho con los brazos extendidos hacia delante y la pierna izquierda ligeramente encogida. En la otra, aparece totalmente bocarriba, con el saco abierto, mientras que la camisa deja ver, en su parte derecha, grandes manchas de sangre. Llega la familia Los estudiantes que acompañaban a José Antonio en el Ford —Fructuoso Rodríguez, Joe Westbrook, José Azzeff y Otto Hernández, además del ya aludido Figueredo— lograron salir del vehículo y penetrar en la Universidad. No pudieron ayudar a su jefe porque el líder estudiantil se interponía entre ellos y el carro policial. Abatido el Presidente de la FEU, los policías permanecían sentados en la perseguidora. Uno de ellos, ya fuera del vehículo, repetía a los curiosos que se acercaron al lugar de la tragedia: «¡Si yo hubiera sabido que era Echeverría no le hubiera tirado!». Ricardo y Josefina Bianchi, tíos de José Antonio, lograron llegar hasta donde yacía el cuerpo del sobrino. El cadáver permanecía en la calle sin compañía alguna. Llegó también su primo Luis Bianchi, enfermero. Le buscó el pulso y exclamó: «No hay nada que hacer; está muerto». Aun así, Ricardo corrió al Calixto García y, con el pretexto de que «está tirado y está vivo», solicitó una ambulancia. No quería que el cuerpo quedara a merced de la esbirriada. Salió la ambulancia del hospital, los enfermeros trataron de mover el pesado cuerpo, pero nada pudieron hacer, pues fuerzas de la policía y gente del grupo paramilitar de Los Tigres, del senador Masferrer, apostadas en el hotel Colina y otras edificaciones, espantaban a tiros a los que se acercaban al cadáver. Los Bianchi vuelven a su casa, detrás de la Terminal de Ómnibus, y por teléfono comunican a Consuelo, la madre de José Antonio, la triste noticia. Retenido el cadáver Parece que fue a las 5:30 de la tarde cuando levantaron el cuerpo. Permanecería en el Necrocomio Municipal, situado entonces en el cementerio de Colón, hasta pasadas las tres de la tarde del día 14. En Bohemia, Edición de la Libertad, 11 de enero de 1959, aparece una foto del también Secretario General del Directorio Revolucionario en la morgue habanera, tendido sobre una camilla. Fueron inútiles las gestiones del Doctor Clemente Inclán, rector de la Universidad de La Habana, y de Chomat, decano de su Facultad de Arquitectura, para apurar la entrega del cadáver a la familia. Fracasó igualmente la gestión que en el mismo sentido hiciera el padre de José Antonio con su viejo amigo, el senador batistiano Santiago Verdeja. Al fin, el magistrado José R. Cabeza, presidente del tenebroso Tribunal de Urgencia, dispuso la liberación del cadáver y su traslado a la funeraria Alfredo Fernández, en la calle Zapata, cercana al cementerio de Colón. Allí también estaban siendo velados los cuerpos de Menelao Mora, muerto en el asalto a Palacio, y Pelayo Cuervo, asesinado en el Laguito del Country Club tras esos sucesos. El magistrado Cabeza entregó a Lucy Echeverría las pertenencias de su hermano. José Antonio sería inhumado en Cárdenas, su ciudad natal. La madre de Fructuoso Rodríguez, presente en la funeraria, gritaba desesperada: «¡Que no maten a nadie más, que no maten a nadie más!», sin poder sospechar que su hijo sería asesinado apenas un mes después. Sobre las seis de la tarde del propio día 14 se autorizó la salida del cortejo rumbo hacia Cárdenas. Con estas demoras, el régimen batistiano trataba de evitar que los funerales de José Antonio se convirtieran en una manifestación popular de protesta y dolor. Así, dispuso que solo el auto en que viajarían los padres, llegados a La Habana el propio día 13, acompañara al coche fúnebre a la salida de la casa mortuoria. El resto del cortejo, conformado por siete vehículos, debía esperarlo en la Calzada de Managua. Otra condición había sido impuesta de antemano por la dictadura. José Antonio sería llevado directamente al cementerio de Cárdenas. Sus restos no podrían ser velados en la ciudad que lo había visto nacer y crecer. El cortejo fue detenido y los automóviles registrados en varias ocasiones durante el trayecto. En Boca de Camarioca, el coche fúnebre y el auto donde viajaba la familia de José Antonio fueron separados del resto de la comitiva, a la que se le indicó que los esperara después de Peñas Altas, y a la entrada de Cárdenas se ordenó a la comitiva aguardar en el cementerio la llegada del cadáver. Era ya de noche y la necrópolis, más que un cementerio parecía un campamento militar rodeado de policías, agentes del Servicio de Inteligencia Militar, chivatos y militares vestidos de paisano. Ante las rejas cerradas del camposanto, el capitán Alzugarai, jefe de la Policía de la zona —fusilado por sus crímenes tras el triunfo de la Revolución—, detuvo el cortejo. Una vez aparcados los vehículos hizo que encendieran las luces interiores, a fin de verles las caras a los que estaban dentro e hizo anotar las matrículas de los automóviles. Se abrieron las rejas y penetró el carro fúnebre seguido de unas pocas personas que fueron sometidas entonces a un registro humillante. Como Guiteras, José Antonio Echeverría fue inhumado de prisa, a la luz de los faros del coche fúnebre y unos pocos faroles conseguidos por Rigoberto Febles, administrador del cementerio. La revolución llegará al poder En el primer aniversario de su muerte, amigos y seguidores del líder estudiantil reunieron el dinero necesario para costear un libro-lápida que sería colocado sobre la tumba. No tardaría en ser destruido por la policía batistiana. Meses más tarde, en enero de 1959, en su traslado hacia la capital del país, el Comandante en Jefe Fidel Castro, al frente de la Caravana de la Libertad, se salió del recorrido previsto a lo largo de la Carretera Central y entró en Cárdenas para, en el cementerio, rendir tributo al valiente revolucionario que en 1956 había firmado junto a él la Carta de México. Dice en el referido documento: «Que la Revolución llegará al poder libre de compromisos e intereses para servir a Cuba en un programa de justicia social, de libertad y democracia, de respeto a las leyes justas y de reconocimiento a la dignidad plena de todos los cubanos, sin odios mezquinos para nadie, y los que la dirigimos, dispuestos a poner por delante el sacrificio de nuestras vidas, en prenda de nuestras limpias intenciones».

lunes, 13 de marzo de 2017

Al Capone nunca estuvo en su casa

Por: Hugo García • Tomado del periódico Juventud Rebelde
VARADERO, Matanzas.— Unas semanas atrás, cerca del Faro de Maya, a una veintena de kilómetros de Varadero, tres autos de renta se detuvieron. Uno de sus conductores, con acento extranjero, pidió información: «Por favor, dónde queda la Casa de Al Capone». Sabíamos de ese sitio, el restaurante Casa de Al, en Avenida 1ra. del reparto Kawama, pero ese hecho nos llamó la atención. Nos preocupó que en cualquier momento le pusieran a otra instalación el nombre de algún personaje negativo de la historia, como bien pudiera ser el de los mafiosos Meyer Lansky o los hermanos Silesi, el mismísimo Fulgencio Batista y su jefe de ejército general Francisco Tabernilla Dolz, o Pilar García, por solo citar algunos de los mal recordados hombres, que visitaban con frecuencia el balneario y fueron propietarios de residencias allí enclavadas. Ese inmueble en particular fue propiedad del coronel Eugenio Silva Giquel. Es una construcción hermosa, encima de la playa, de cantería, hormigón armado y madera. Como edificación sentó las pautas de la modalidad de los muros de canto a vista. Sobresale por el énfasis otorgado al valor plástico de los volúmenes. En su interior destacan las galerías de bajo puntal y recios arcos de medio punto, con balcones y ventanas con persianas. Esta casa fue propiedad del coronel Eugenio Silva Giquel. Foto: Heidi González Arango Desde 1978 hasta 1984 sus habitaciones fueron utilizadas como oficinas de la naciente Escuela de Iniciación Deportiva Luis Augusto Turcios Lima. Luego, fue propiedad del Ministerio del Turismo (Mintur) hasta que heredó su administración, con nombre incluido, el Grupo Extrahotelero Palmares. Con respecto al apelativo del sitio nos han asaltado muchas dudas, desde quién decide el nombre de las instituciones hasta la impunidad con que ha sobrevivido el de esta, que muchos extranjeros visitan por curiosidad y adonde otros acuden exaltados para recordar e idolatrar al famoso gánster. La ficha técnica de la Oficina de Patrimonio provincial señala que el inmueble, hoy restaurante Casa de Al se construyó en la década de 1930 y fue una de las primeras viviendas del reparto Kawama. Para esta fecha ya Al Capone estaba encarcelado. En la actualidad, en los jardines de la entrada permanece moldeada en concreto una pésima «réplica» de un auto de los que usaba el mafioso por los años 1920. Ya en el portal, da la bienvenida una fotografía a tamaño natural de Al Capone vestido de traje negro y mordisqueando un tabaco, quizá un puro cubano. En las paredes están colgados varios cuadros con fotos y datos biográficos del personaje, además de fotocopias de artículos de la prensa. En su interior, a la izquierda, está el Bar Capo, cuyo letrero cuenta con una imagen del mafioso; y, a la derecha, se aprecia otro retrato en una de las paredes del salón principal. Distorsión histórica En una crónica publicada en este diario, el periodista Ciro Bianchi recrea la estancia de Al Capone en La Habana, en 1928, para supervisar la compra de alcoholes que se introducían de contrabando en Estados Unidos: «Capone daba muestras de una afición por las mujeres y de un delirio por la publicidad impensable en un mafioso. Gustaba que se hablara de su persona y se repitiera su nombre. En el Hotel Sevilla, de La Habana, se dice, alquiló todo un piso para él y su comitiva de guardaespaldas y consejeros». A la luz de esta publicación, parece improbable que Al Capone haya conocido la playa azul. Todo indica que un personaje tan dado a la publicidad y a la exaltación de su propia leyenda, difícilmente dejaría pasar la oportunidad de que se mencionara su estancia en esa región turística. «Que yo sepa, Al Capone nunca estuvo en Varadero, lo de su casa fue algo que alguien inventó para vender ese sitio al turismo», refiere el investigador cardenense Ernesto Álvarez Blanco, experto conocedor del nacimiento y desarrollo de ese balneario, además de un escudriñador de las decenas de personalidades que se deslumbraron con su hermosura. «El nombre fue puesto hace tiempo. El ambiente es tal como si de verdad Al Capone hubiese estado allí y eso no es real; no existe referencia de que estuvo en Varadero», afirmó Bielka Cantillo, directora del Centro Provincial de Patrimonio Cultural, mientras enfatiza a JR que es bueno el estado de conservación del inmueble, que ha sido poco transformado y posee primer grado de protección. «Si ahora a un lugar con valor patrimonial se le va a realizar algún cambio de uso, de restauración, la Oficina del Plan Director de Varadero solicita las regulaciones patrimoniales y se revisa todo, hasta el nombre, para que represente auténticamente los valores de la cultura de Varadero», precisa Bielka Cantillo. «Las personas que visitan nuestro país se encuentran un lugar como este que no se promociona por sus valores arquitectónicos ni históricos; y con un nombre que no tiene nada que ver con nuestra historia ni identidad, hay una distorsión histórica y las personas después transmiten algo que no es verdadero», añade la especialista. Desde el 2012 se han consolidado más las relaciones entre el Mintur, la Oficina del Plan Director de Varadero y el Centro Provincial de Patrimonio, agrega Bielka. Al preguntársele por los requisitos para ponerle a una institución algún nombre, como por ejemplo el hipotético de Meyer Lansky, la especialista acotó que se analizaría, pero que, por supuesto, no estarían de acuerdo con eso. «En el patrimonio trasciende lo que desde el punto de vista histórico tiene un valor con el cual las personas se identifican y que va hacia lo positivo, lo que representó una personalidad de la cultura o la historia; pero normalmente en ninguna parte del mundo se presentan lugares asociados a personalidades negativas. Habría que ver con qué idea se identificó así ese restaurante, pero realmente no se sustenta en nada sólido, porque esa no fue su casa; sería preferible que le hubiesen puesto la Casa Giquel, que sí fue su dueño, y que tuviera fotos de época y de esa familia, con un interés desde otro punto de vista», resume Cantillo. Al no existir referencias históricas, se deduce que Al Capone no estuvo en Varadero, pero si se demostrara lo contrario, pensamos que tampoco justificaría que una instalación lleve su nombre. Sin dudas, es un análisis en el cual se enfrenta la defensa de la cultura contra mantener el nombre de un sitio turístico ya establecido en el mercado y comercializado internacionalmente. Un negocio redondo Al finalizar la década del 30 del siglo XX, se inicia la parcelación del reparto Kawama, en terrenos de la propiedad del coronel Eugenio Silva. Durante los últimos años de esa década y el transcurso de la del 40, adquieren varios lotes en este lugar el Marqués de Valle Siciliana, los Tarafa, y Edmund Chester, biógrafo del dictador Fulgencio Batista. Según los investigadores Ernesto Álvarez Blanco y Teresa Iglesias Oduardo, autores del libro Varadero: De caserío a centro turístico de relevancia nacional e internacional (1883-1958), las operaciones de compra–venta de los lotes parcelados en la zona de Kawama adquirieron mayor fuerza a partir del 10 de julio de 1942, fecha en que la Compañía Silva Residencial S.A. inició oficialmente sus actividades comerciales. El negocio para el coronel Eugenio Silva fue redondo: el metro cuadrado que había adquirido en 1931 a razón de cinco centavos ahora lo vendía a más de diez pesos en el área destinada a los nuevos repartos Silva Residencial y Residencial Kawamita. Muchos ricos construyeron residencias y adquirieron propiedades allí, como el magnate azucarero Julio Lobo, Pilar García, el empresario radial Goar Mestre, el millonario y farmacéutico Sarrá, el tirano Gerardo Machado, el dictador Fulgencio Batista, el general Francisco Tabernilla Dolz, jefe del Ejército batistiano; Ramón Grau San Martín, y otros importantes representantes de la política, el ejército, el comercio, la industria y la burguesía nacional.

viernes, 27 de enero de 2017

Juan Padrón: Buen aniversario 70.

Por: Paquita Armas Fonseca. http://www.caimanbarbudo.cu/articulos/2017/01/buen-aniversario-70/
En 1994 publiqué “Juan Padrón y los dibujos animados”, larga entrevista con el creador de Elpidio Valdés, en la revista Chasqui. Vivíamos entonces relativamente cerca y fui a su casa al atardecer, bajo un apagón (estaba programado). Grabé por lo menos dos horas de conversación mientras La Gallega, la gentil esposa de Padroncito (como mucha gente le sigue diciendo), nos servía café en más de una oportunidad. Por ese tiempo, el italiano Dario Mogno, amigo común, hacía que nos encontráramos al menos una vez al año, con bebida y, a veces, comida incluidas. En uno de esos encuentros Padrón se me develó como un actor formidable. Transitaba con gran facilidad del papel de samurái al de un ruso, y nos hacía prepararnos para la carcajada cuando llegara la hora al cubano que daba órdenes. Gracias a Padrón, un tiempo atrás de esos topes, había conocido a Joaquín Lavado, “Quino”. Guiado por su amigo y colaborador a partir de 1985, el creador de Mafalda visitó la revista El Caimán Barbudo. Allí Quino olvidó un lapicero que todavía está por algún lugar de mi casa. A Padrón, por supuesto, dediqué una de mis primeras secciones, “La vida en cuadritos” (13-1-1990) que publiqué por varios años en Radio Reloj y hablaba de historietas caricaturas y animados. Después devino el libro homónimo; y por eso hoy, 27 años más tarde, puedo mencionar la fecha exacta. Mis vampiros están embarcados porque no pueden ir a la playa ni afeitarse ante el espejo, viven en una caja… Vaya, llevan una vida bastante jodida. Creo que fue en ese texto donde por primera vez escribí sobre Elpidio, personaje secundario de una historieta de Kashibashi; y cuento ahí que el autor “comenzó a dibujar en el suplemento Mella. La historieta se llamaba El hueco, era de humor, con un pie forzado en una sección fija titulada ¿A Usted nunca le ha pasado esto?”. En la oquedad (por no decir hueco) trabajaron distintos guionistas y dibujantes. Padroncito, Virgilio Martínez (el maestro) y Silvio Rodríguez (el trovador) se encargaban de dibujar. Casi al final del citado libro aparece una entrevista con Kosei Ono, japonés que fue jurado de la Bienal del Humor de 1993, en la que al yo preguntarle, traductor mediante, qué conocía de Cuba, me dijo: “Juan Padrón. Es uno de los mejores directores de dibujos animados del mundo”; y confesó que su animado preferido era Vampiros en La Habana. El nipón estaba considerado en aquel momento como uno de los estudiosos del cómic más importantes del planeta. Kashibashi, personaje de la historieta de samurais creado por Juan Padrón finales de la década del sesentaAcerca de su película, Padrón ha dicho: “Nunca me imaginé que fuera tan exitosa. Cuando la terminé y la vieron los ‘expertos’ dijeron que no era lo que esperaban de mí, que era muy vernácula, confusa y ruidosa; no se hizo rueda de prensa para anunciarla, ni estreno. En una revista salió una crítica que trataba muy mal a la película… Estuve unos días muy deprimido, hasta que rompió el récord de taquilla (de aquella época) en una semana y la gente me la comentaba entusiasmada. Luego, con los años, me sorprendió que fuera una especie de película de culto en España y América Latina. Me he sentido como Spielberg cuando en Valparaíso me recibieron cientos de estudiantes amantes de la película, o en Puerto Rico, donde se la sabían de memoria, en fin… Es algo muy agradable y estimulante”. “La vida en cuadritos” mutó a digital y fue una sección fija de la revista La Jiribilla. En ese tiempo, le pregunté a Padrón sobre premios y condecoraciones y me dijo: “la Orden Félix Varela de primer grado, Medallas Alejo Carpentier y Por la Cultura Nacional, Premio El Diablo Cojuelo, ocho Premios Coral, etc”. No mencionó el Premio Nacional de Cine, que aún no había recibido (lo obtuvo en 2008) y otros muchos. “Nananina” fue su respuesta cuando inquirí sobre exposiciones personales o colectivas, aunque debe tener un montón. Le pregunté: ¿qué es para ti una caricatura?, y me dijo: “Una escena de situación, ambiente, diálogo, caracterización, actuación, encuadre… sintetizada en un solo dibujo”. Y una historieta es: “Una historia contada seleccionando para los encuadres los momentos y diálogos más importantes”. Juan Padrón. “prácticamente no se ha hecho nada de merchandising de Elpidio Valdés, a pesar de que a todo el mundo le gusta. Le pedí dibujos sobre lo que significaban para él la paz, el amor, la amistad y Cuba, pero nunca los realizó; o si los hizo, no me los mandó (me los sigues debiendo, Padrón). Lo que sí tengo es esta declaración “En cualquier lugar a mí me ofrecen una bola de pesos para que me quede, pero ¿dónde voy a encontrar miles de niños que han hecho suyo a Elpidio?”. Al inicio de su carrera paralelamente al mambí Elpidio Valdés, Padrón trabajaba otros personajes: los Vampiros, los Verdugos, los Piojos y Cachibache. Pero Elpidio se le fue haciendo grande, no en el sentido de “viejo” que le dan los argentinos, sino grande como cómic; y en 1974 nace su primer animado, de casi siete minutos, Una aventura de Elpidio Valdés. A ese le siguieron varios cortos, hasta que en 1979 se hace el largometraje Elpidio Valdés, con 70 minutos. En 1983 se proyecta otro largo: Elpidio Valdés contra dólar y cañón; y dos años después concibe Vampiros en La Habana. Y dejo el caminao pa´atrás y pa´alante con un hombre que ha sido profeta en su tierra, y que hace poco le confesó a un colega: “Si supieras que cuando de niño veía una película de vampiros, salía corriendo a toda velocidad para la casa, para que no me sorprendiera ninguno detrás de un muro, y antes de acostarme me asomaba debajo de la cama. Mis vampiros están embarcados porque no pueden ir a la playa ni afeitarse ante el espejo, viven en una caja… Vaya, llevan una vida bastante jodida. Por eso se les ocurrió inventar el vampisol. De ese modo surgió Vampiros en La Habana. Creo que fue el primer proyecto de animados para adultos realizado en Cuba”. Años después, los jóvenes lo embullaron a volver a los vampiros. “Es Xip Zerep porque es Pérez. Es una idea que yo tuve en el año 67 y la presenté en el ICAIC como guión para un personaje que tenía Tulio Raggi, que se llamaba el capitán Tareco, era El capitán Tareco contra los vampiros lácteos, pero no lo aprobó Santiago Álvarez, quien era el asesor de dibujos animados en aquella época. El día que me dieron el Premio Nacional de Cine les conté a los jóvenes que empecé mandando guiones y haciendo dibujos para el ICAIC, pero que estos nunca lograban entrar. Ahí les hablé de los vampiros lácteos y me dijeron: ‘vamos a hacerla’. Así surgió la idea de la película. En aquel momento nunca se llegó a hacer nada e, incluso, el guión se perdió. Lo que yo hice ahora fue recordar de memoria de qué iba y agregarle cosas nuevas. Es una idea de cuando yo tenía 20 años, es decir, han pasado 50 años. Hicimos la película con Ernesto Piña como director asistente. Todos los animadores, los que hicieron los efectos especiales, se esmeraron para que quedara lo mejor posible, y a mí me gusta mucho el resultado. Incluso usamos las voces de Frank González, Irela Bravo, y de otras actrices y actores que yo siempre uso en mis películas. Yo hice algunas voces también para divertirme (entre ellas de policías) y me parece que ha quedado simpática”. La cinta se estrenó finalmente en el Festival de Cine Latinoamericano del pasado diciembre. Juan Padrón es autor, además, de varios libros de aventuras; y por crear, ha hecho hasta un video clip, Píntate los labios, María, que obtuvo cuatro Premios Lucas en el Festival Nacional del Videoclip del año 2000. Para los próximo 7o años: Terminar la nueva versión de El libro del mambí. Los guiones para dos cortos animados de humor, y preparar materiales y diseños de una nueva serie de ElpidioUno de los creadores que acumula mayor cantidad de premios, considera que “prácticamente no se ha hecho nada de merchandising de Elpidio Valdés, a pesar de que a todo el mundo le gusta. Incluso hablé con gente que fabrica aquí y me han dicho que no les interesa, porque les da igual, compran los productos en el extranjero ya hechos, y no se complican con cambiar a Mickey Mouse por Elpidio. No hay esa preocupación”. Pero con sus juveniles 70 años (los cumple 29 de enero) sigue creando. Lo felicité por anticipado y le pregunté qué pensaba hacer en las próximas siete décadas. Me dijo: “Terminar la nueva versión de El libro del mambí. Los guiones para dos cortos animados de humor, y preparar materiales y diseños de una nueva serie de Elpidio, ojo: para los próximos años. Saludos, Juan”. Supongo que el ojo es para que nadie lo apure, Y bueno, ahora sí: Felicidades Elpidio, digo Xip, perdón Juan y gracias por brindarnos años tan fructíferos.


"De amar las glorias pasadas se sacan fuerzas para adquirir las glorias

nuevas".

José Martí



“… la HISTORIA NOS AYUDARÁ A DESCUBRIR LOS CAMINOS DE HOY Y DE MAÑANA, A MARCHAR POR ELLOS CON PASO FIRME Y CORAZON SERENO Y A MANTENER EN ALTO LA ESPERANZA (...)”.

RAMIRO GUERRA