lunes, 12 de marzo de 2012

EL ESTUDIANTE JOSÉ ANTONIO Por Yoerky Sánchez Cuéllar Tomado de la revista Alma Mater.
Terminados sus estudios en el Instituto de Segunda Enseñanza, José Antonio se prepara para entrar a la Universidad. Una pequeña libreta, resguardada con celo en su casa natal en Cárdenas, muestra los apuntes matemáticos de José Antonio Echeverría. Y de la letra legible y ordenada emerge un alumno que, desde los años primarios, alcanzó disciplina y dedicación académicas a toda prueba. Cultivó ese afán por adquirir conocimientos en cada instante de su vida hasta que una bala tronchó sus sueños, con solo 24 años. Cuando José Antonio entró a la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana llevaba la experiencia del Instituto de Segunda Enseñanza de la Ciudad Bandera, donde sus profesores lo consideraban un muchacho «muy inteligente y despierto», de «estilo directo, preciso, medular», que estaba siempre entre los mejores expedientes del curso. En el primer año de estudios universitarios matriculó las asignaturas de Análisis Matemático, Geometría Analítica, Trigonometría Plana, Geometría Descriptiva Aplicada, Dibujo a Mano Alzada, Dibujo Arquitectónico, entre otras. Explica el investigador Ernesto Álvarez Blanco en su libro Subiendo como un Sol la escalinata que la solicitud fue inscrita el 21 de octubre de 1950 por el Secretario General de la universidad habanera, quien certificó además que el nuevo alumno había recibido el carné que lo acreditaba como estudiante y que había pagado el segundo y tercer plazos de la cuota de inscripción. Instalado en una casa de huéspedes cercana al recinto, José Antonio comienza a hacer amistades, con las que comparte sus horas de estudio y recreo. Ante la carga de materias recibe ayuda de sus compañeros y él brinda la suya; tiene novia, asiste a tertulias, practica deportes, viaja a la playa, en días de asueto visita a sus padres, a quienes les enseña sus duplicados arquitectónicos. En enero de 1951 resulta electo Delegado de Asignatura y va enrolándose, de manera apasionada, en el movimiento revolucionario. Luego lo eligen presidente de la FEU de la Escuela. Dos amigos matanceros, José Rojo y José Manuel Téstar compartieron en varias ocasiones con José Antonio en el Alma Mater. «En una ocasión suspendí Dibujo Arquitectónico y él me prestó sus trazos para que pudiera prepararme y vencer la asignatura. Los conservé durante mucho tiempo y finalmente los entregué al Museo cardenense», comenta Rojo. Téstar, por su parte, cuenta una anécdota que expresa la dimensión del líder estudiantil: «Yo desaprobé Dibujo, por solo un punto, lo que me parecía una injusticia. Fui a verlo para que hablara, en su condición de representante nuestro, con el profesor Felipe Gómez Albarrán. Sin titubear me dijo: “Yo no le voy a quitar la razón al profesor, usted estudie y repita el examen… verá que sacará sobresaliente”. Y así fue». Proyectando un país La arquitecta Sonia Domínguez Rosas lo recuerda como un muchacho jovial, correcto, pendiente siempre de sus compañeros. Sonia Domínguez Rosas también coincidió con «el Gordo» en la carrera, aunque aclara: «es de dos cursos por encima del mío, cuando yo llegué ya él había hecho historia, por sus luchas estudiantiles, su enfrentamiento al Golpe de Estado de Fulgencio Batista…» El 14 de marzo de 1952, como delegado de curso y Vicepresidente de la Asociación de Estudiantes de Arquitectura, el joven Echeverría había suscrito un documento contra el Golpe: «Nuestra limpia y vertical actitud en horas aciagas para Cuba, nos permite levantar la voz en nombre del pueblo. Somos otra vez los abanderados de la conciencia nacional (…) No podemos restituirnos a las labores académicas mientras no estén garantizados los derechos de ciudadanía. La libre y sosegada vida de la cultura es incompatible con la violencia característica de un régimen castrense. No nos pidan respeto a las leyes quienes las han conculcado sin miramientos de ninguna clase». Rememora Sonia que «era un joven muy adelantado para su época. A pesar de su constante labor, primero con nosotros y después al frente de los universitarios cubanos, no quería perder ni un año de la carrera. Tampoco ocupaba un cargo para obtener prebendas. Había muchos que decían que la universidad era para ganarse la vida, para alcanzar un título y no para mezclarse en cuestiones políticas. José Antonio explicaba siempre que no se podía aspirar a reformas académicas si la situación del país continuaba igual. «Nunca dejó en un segundo plano los estudios. Recuerdo una ocasión en que hacíamos un examen y faltaba él. Transcurría la etapa más férrea de la dictadura, tenía que esconderse porque lo buscaban para matarlo. Todos sentaditos en el aula frente a aquella pizarra rodante de entonces, que cuando la deslizaban mostraba la prueba. De pronto, se abrió una ventana y apareció José Antonio. Tranquilamente ocupó su silla; muchos temblaban de miedo por temor a que apareciera la policía. ¡Cuánto arrojo! «Lo recuerdo como un muchacho de carácter jovial, simpático; le gustaba hacer chistes, pero sin chabacanería. Caía bien, no era déspota, gritón ni escandaloso. Se ganó la admiración de todos y hasta los profesores más oscuros lo respetaban. A petición suya, fui delegada de Historia, para lidiar entre alumnos y docentes. Lo hice con mucho gusto, porque él te hablaba, te convencía, te enamoraba de las tareas. «Se ocupó mucho de los planes de estudio, los materiales de trabajo, de cómo iba a ser el desarrollo de la profesión, la cantidad de técnicos que se precisaba en ese momento. Quería separar la escuela de Ingeniería de nuestro plantel y que se hiciera un nuevo edificio. Imagínate que compartíamos una mesa para cuatro alumnos. Le interesaba, igualmente, la integración de la arquitectura cubana a la de Latinoamérica». Sonia, quien después del triunfo de la Revolución ha sido proyectista de centros científicos, enclaves diplomáticos, entre otros sitios de interés, considera que «el Gordo» hoy sería un ideólogo al servicio de la carrera que ambos cursaron y a la vez un cuadro de los que Cuba necesita. En 1965, con su esposo Armando Hernández, Mario Coyula y Emilia Escobar, participó en un concurso para «El Parque de los Mártires» y el jurado les concedió el primer Premio. «Hay otra cuestión muy importante— refiere Sonia. Y es que José Antonio sentía una estima infinita por Fidel. Después del Moncada lo admiró más. Batalló mucho por la Amnistía de 1955, juntos firmaron la Carta de México y después del desembarco se lamentaba de que no pudo apoyar a los expedicionarios como hubiese querido. «Llegó así la fecha del 13 de marzo de 1957. Ese día yo estaba cerca de la Universidad, preparando un proyecto que debía entregar y sentí el tiroteo. La policía tomó las calles y la gente empezó a bajar por San Lázaro, por la avenida 23, por todos los lugares. La muerte del líder dejó un vacío en el movimiento estudiantil que lloró su pérdida, ocurrida en los propios muros de la Universidad que nunca lo vio graduarse». ¿Un atrevimiento? Cada 13 de marzo los arquitectos celebraban su día. ¿Será por coincidencia que en esa propia fecha ocurrió el ataque a Palacio? ¿Habrá escogido José Antonio el momento exacto para su plan como la consagración de los futuros constructores de un país? Queda en los archivos que el 13 de marzo de 1955, dos años antes del asalto, Echeverría publicó un artículo que bajo la pregunta de ¿cómo piensan los estudiantes de Arquitectura?, lo tituló Presente y Futuro de la Arquitectura en Cuba. Algunas de las ideas expuestas en ese trabajo periodístico señalan el rumbo de su pensamiento y su amor a la profesión que estudiaba: «Se preguntará de entrada el lector si no es un atrevimiento por parte nuestra—arquitectos en formación—tratar de abarcar un tema de tan ambiciosas proporciones como el que hemos enunciado; no faltarán, inclusive, quienes cargados de experiencias y aprensiones exclamen en un tono burlón: ¿y qué pueden saber unos estudiantes de estas cosas? «A unos y otros concedemos, en parte, la razón. Y solo en parte, pues no por estudiantes, somos menos atentos a las palpitaciones y necesidades de nuestro pueblo, directamente ligado a nuestra futura profesión; sería más bien todo lo contrario; y son precisamente estos problemas del presente los que determinarán las soluciones futuras, que nos corresponderá a nosotros llevar a cabo». Mas adelante afirmaba: «El arquitecto, a través de los tiempos, ha sido un profesional ocupado en satisfacer las apetencias y caprichos de las esferas más pudientes y poderosas de la sociedad. Su labor no llegaba a beneficiar directamente a las grandes mayorías populares, sino a una minoría privilegiada. (…) Mientras en Cuba existan campesinos hacinados en míseros bohíos, con pisos de tierra y carentes de facilidades higiénicas; mientras se encuentren obreros mal alojados en viviendas caras e inadecuadas para el desenvolvimiento familiar; mientras las ciudades y los campos se desarrollen de forma improvisada y caótica, sin ninguna previsión para el futuro, el arquitecto tendrá una meta a seguir, un fin a realizar, un deber que cumplir». Concluía aquel texto retomando una frase de René Descartes: «hay que poner en dudas todas las cosas, siquiera una vez en la vida» y con su convicción de que los estudiantes de Arquitectura «permaneceremos vigilantes para que no se frustren los mejores Destinos a que Cuba tiene tiene derecho, y de los cuales la planificación del país es un factor importante». Aquel supuesto atrevimiento dejó una huella en la Historia, porque el 13 de marzo de 1957, aunque no logró su objetivo de ajusticiar al tirano en su propia madriguera, irguió a José Antonio en el pedestal de la inmortalidad.


"De amar las glorias pasadas se sacan fuerzas para adquirir las glorias

nuevas".

José Martí



“… la HISTORIA NOS AYUDARÁ A DESCUBRIR LOS CAMINOS DE HOY Y DE MAÑANA, A MARCHAR POR ELLOS CON PASO FIRME Y CORAZON SERENO Y A MANTENER EN ALTO LA ESPERANZA (...)”.

RAMIRO GUERRA